lunes, 4 de abril de 2011

Las nuevas tecnologías resultan un instrumento engañoso e ineficaz en el caso de la educación

Entrevista a Jordi Llovet en la presentación de su libro Adéu a la Universitat (Galaxia Gutenberg). Dos de sus respuestas, el resto de la entrevista aquí. La Vanguardia, por J. Massot (4-4-2011).
¿Somos menos cultos, luego más manipulables?
La sociedad, tomada en su conjunto, nunca ha sido culta, salvo que entendamos, y es algo cierto, que hay otras formas de cultura enormemente importantes en la configuración de toda sociedad: admiro a las personas que, en algún lugar recóndito del país, estudian el folclore, elaboran mapas de variaciones dialectales o desarrollan actividades vinculadas a las formas ancestrales de la mitología y las costumbres de los pueblos. Eso sí: una sociedad no puede prescindir de una élite culta, y las élites cultas de los países occidentales son hoy mucho menos cultas que hace, pongamos por caso, cincuenta o cien años. Poseer cultura (de la alta, se entiende) está hoy completamente desacreditado: parece una superchería y un acto de soberbia. Los que están muy acreditados son los futbolistas y Belén Esteban: ya me dirá. Como he dicho, hoy se cierne sobre todas las capas de la sociedad una enorme sospecha acerca de lo que sea un sabio, un gran profesor o un erudito. Si los privilegiados que han podido realizar estudios superiores poseen ya tan sólo una vaga cultura, homologable con la de las capas media y baja de la sociedad, entonces toda la sociedad acusa este declive y se degrada. Si un hijo no recibe explicaciones claras y distintas de sus padres o de sus profesores acerca de las opciones que tiene en el momento de emitir su voto electoral, es muy probable que no vote, o que vote a cualquiera que le parece más guapo que los demás, o que es anti-taurino. Eso es también una consecuencia de la llamada por Guy Debord "Sociedad del espectáculo". Cuando resulta que Operación Triunfo dispone de una cadena para ella sola, que emite cada día esta indecencia durante veinticuatro horas, entonces es muy probable que la gente tienda a imitar esas formas de vida y esos comportamientos. Sólo el ejercicio severo y tenaz de la inteligencia evitaría que esas barbaridades se propagaran por todo el cuerpo social, pervirtiendo los fundamentos, no sólo del civismo, sino también de la moral y de la política. Contra todo eso sólo cabe una solución: educación y más educación. No me cansaré de repetirlo. Esta sí es una inversión segura, pero a largo plazo: por esto ningún gobierno ha abordado en España, en los últimos treinta y cinco años, una reforma sensata de la educación.
¿Qué responsabilidad tiene en este fenómeno el uso de las nuevas tecnologías?
Yo formé parte de una comisión ministerial en la que una veintena de profesores de todas las universidades del país discurrieron con la ministra Garmendia, y luego con el ministro Gabilondo, acerca del beneficio o el perjuicio que puede significar la entrada indiscriminada de las nuevas tecnologías en las aulas, y otros muchos asuntos. La mayoría de estos asesores coincidimos en que las nuevas tecnologías, siendo como son utilísimas en muchas ramas del saber, de la técnica, de la ciencia y de otras cosas, resultan un instrumento engañoso e ineficaz en el caso de la educación. Me explico: esas nuevas tecnologías –y quizás la técnica en general, incluido el microondas o el minipimer— han acostumbrado a la humanidad a resolver de un modo inmediato labores que antes se realizaban gracias a procesos mucho más mediatizados: es mejor una mahonesa hecha a mano que con el uso de una máquina. La inmediatez y la no-discriminación de la información que procede de Internet, por ejemplo, convierte a cualquier persona, y aún más a un niño o a un adolescente, en señor de un reino puramente virtual. En el fondo, los convierte tanto en amos de algo como en esclavos de lo mismo, porque ya sabemos hasta qué punto la gente joven depende de estos elementos y se comunica mediante ellos de una manera peregrina, mendaz y falta de la elocuencia más elemental. Y algo más. Las nuevas tecnologías se presentan a la civilización juvenil –pues los jóvenes neo-tecnológicos han forjado, hoy, tanto una nueva cultura como una nueva "mentalidad", como una nueva civilización— como un divertimento. Los profesores que asistíamos a esas reuniones con los ministros que he dicho, coincidíamos todos en que la educación es un proceso lento, mediatizado, esforzado, que no puede jugar con las mismas armas que la cultura del ocio, porque entonces no saldrán de las escuelas personas educadas sino amigos de la diversión. Creo que eso es lo que está sucediendo. Como puede usted imaginar, los ministros no nos hicieron ningún caso, y de aquí a pocos años veremos a toda una generación de estudiantes de secundaria convertidos en una especie de autómatas mucho menos civilizados que el pato de Vaucanson, que era un pato mecánico que comía, digería y defecaba: naturalmente, ni hablaba ni pensaba. Hace poco, Jaume Vallcorba me comentó que, en una feria del libro de Guadalajara (México), alguien insinuó que íbamos hacia una civilización en la que el lenguaje de la imagen sería soberano y suficiente. No hay que ser muy perspicaz ni muy exigente en la terminología para darse cuenta de que esta aseveración contiene dos falacias: no hay civilización sin lenguaje, ni siquiera sin mitos, que están forjados en el elemento verbal; como no puede decirse, en modo alguno, que las imágenes sean más eficaces, para la educación, que las palabras. Reivindicar el lugar y la dignidad de la palabra y el diálogo en la educación y en la construcción del civismo no tiene nada de novedoso: así se fundó el saber dialogal de Sócrates y Platón, así evolucionó la discusión acerca de los universales en la Edad Media, así se produjo el fastuoso desarrollo del saber durante el periodo del Humanismo, así y con este mismo elemento se elaboró la Encyclopédie, y también en el seno de la palabra surgieron Wittgenstein, Canetti, Musil o Sigmund Freud en el siglo XX. George Steiner alertó sobre la posibilidad de que la palabra, es decir, el Verbo, desaparezca del horizonte de la educación y de muchas prácticas de la vida cotidiana de las actuales sociedades, pero cuesta imaginar que se produzca algún avance en el terreno del conocimiento si la palabra se funde como una vela ante el viento huracanado del progreso y de la técnica. Hoy sopla un vendaval de este cariz, y me temo que va a costar mucho resituar al Verbo en el lugar que ocupó, en la civilización de Occidente, entre los presocráticos y buena parte del siglo XX. Martín de Riquer también alertaba de este fenómeno, y decía, con mucha gracia, que no tardaremos en sonarnos la nariz con las orejas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario