jueves, 18 de noviembre de 2010

La escuela sovietiforme

La escuela sovietiforme Por Alicia Delibes (c) 2007.
En los últimos años se han publicado en Francia varias obras críticas con el sistema educativo, con títulos tan elocuentes como L’école à la derive, Et vos enfants ne sauront pas lire ni… compter! o Qui a eu cette idée folle un jour de casser l’ècole? Se trata de libros escritos por maestros y profesores que denuncian el bajo nivel de la enseñanza, la falta de disciplina en las escuelas o la pérdida de interés por la transmisión de conocimientos, pero que no aciertan a explicar el origen del deterioro de la escuela pública francesa.
De ahí que tenga especial interés un libro publicado en 1992 por el filósofo liberal Philippe Nemo que, con el título Pourquoi ont-ils tué Jules Ferry?, trataba de explicar cuándo y por qué la misión de la escuela se desvió del camino marcado por los hombres de la Ilustración, aquél que conducía a elevar el nivel cultural de los ciudadanos y que en 1880 impulsó el entonces ministro de Instrucción Pública, Jules Ferry.

Nemo califica la escuela francesa de "sovietiforme", y explica que es como si un trozo de la Unión Soviética se hubiera instalado en el Oeste de Europa, volviendo a ésta "tan improductiva en su terreno como las economías de tipo soviético en el suyo". Para Nemo, solamente si el mundo de la educación tuviera su perestroika podría recuperar el prestigio que, gracias a Jules Ferry, tuvo en su día la escuela republicana.
 Para poder explicar esa "sovietización" de la escuela, Nemo se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial. En 1947 dos miembros del Partido Comunista, el físico Pierre Langevin y el psicólogo Henry Wallon, presentaron un plan de educación que recomendaba la unificación administrativa del sistema educativo como medio para alcanzar la igualdad social. El plan recogía una vieja reivindicación de los sindicatos de enseñanza, que venía de los años 20 y reclamaba una escuela única y unificada bajo el total control del Estado.
Si bien en un principio en el Plan Langevin-Wallon se hablaba de que la unificación proporcionaría a todos los jóvenes franceses la educación humanística y científica que hasta entonces había estado reservada a la élite social, pronto muchos de sus partidarios se dieron cuenta de que, si se quería enseñar lo mismo a toda la población, era preciso bajar el nivel de exigencia académica.
No costó mucho a los reformadores construir un nuevo argumento que permitiera seguir defendiendo su igualitarismo dogmático. Era cuestión de convencer a la gente de que enseñar a todos los mismos saberes científicos y humanísticos favorece siempre a los de las clases más privilegiadas, y que una escuela verdaderamente "democrática" es aquélla en que la transmisión del conocimiento deja de tener importancia.
La primera gran victoria de los reformadores se produjo en 1975, cuando un ministro de Valèry Giscard d’Estaing, René Haby, decretó por ley que se terminara con la separación de los niños al finalizar los estudios primarios. Todos los escolares debían continuar en los liceos hasta los 15 años, estudiando con el mismo currículo. Se implantó lo que se ha llamado en Francia el collège unique.
Como era previsible, con la implantación del collège unique llegó el fracaso escolar: alumnos que no llegaban a completar la etapa obligatoria y abandonaban el sistema sin titulación alguna. Louis Legrand, director del Instituto Nacional de Investigación Pedagógica, publicó en 1981 un informe oficial, titulado Pour une école démocratique, en el que atribuía el fracaso escolar del collège unique al hecho de que se había pretendido igualar a todos por "lo alto". En su informe demostraba con todo tipo de datos que aquello era imposible, y que lo que había que hacer era una "pedagogía democrática" que renunciara a transmitir saberes elitistas y abstractos y buscara lo que podría motivar a las clases más populares, puesto que de ellas se nutría fundamentalmente la escuela.
En realidad, Legrand proponía una huida hacia delante, la creación de una nueva escuela verdaderamente única de la que nadie pudiera escapar, el "gran servicio público laico unificado" (lo que implicaba la supresión de la escuela católica), que no tendría por finalidad transmitir conocimientos, sino "socializar" a los niños, acostumbrarles a vivir en comunidad y formar su personalidad afectiva. Legrand vendió muy bien su producto y logró que su pedagogía igualitaria y "revolucionaria" fuera el eje de la política de los socialistas cuando llegaron al poder, en 1981.
Los profesores empezaron a ser mirados con cierto recelo porque, si bien habían aceptado la unificación escolar, no parecían dispuestos a admitir lo que consideraban una intromisión de los pedagogos. Como escribe Nemo, se hacía necesaria una "reprogramación ideológica y moral del cuerpo docente": para ello, en 1990 se crearon los Institutos Universitarios de Formación de Maestros (IUFM).
Para Nemo, se hace imprescindible una liberalización del sistema público de enseñanza, lo que supondría dar mayor autonomía de organización y gestión a los centros escolares y diversificar la oferta educativa, con el fin de que los padres puedan elegir la educación que desean para sus hijos.
A pesar de los 15 años que han pasado desde la publicación de Pourquoi ont-ils tué Jules Ferry?, nada ha cambiado en la educación francesa. Cayó el Muro de Berlín, pero el que encierra en sí misma a esa escuela de forma soviética que denunciaba Nemo sigue en pie. Solamente en estos últimos meses las declaraciones del actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy, pueden hacer pensar que quizá le haya llegado a la educación francesa su perestroika.

Aquí, en España, la historia de la educación ha seguido un camino muy parecido al del país vecino. En 1990 el PSOE impuso su viejo sueño de escuela unificada, con un solo currículo y un solo modelo de escuela para todos los adolescentes hasta los 16 años; se apostó también por un pedagogismo dogmático que ha llevado a convencer a la sociedad de que el objetivo de la escuela, más que transmitir conocimientos, es socializar a los futuros ciudadanos y educarlos moral y afectivamente. Así que deberíamos pensar que nuestra escuela también es "sovietiforme", y que, como diría Philippe Nemo, sus problemas sólo podrán resolverse cuando la educación viva su perestroika

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