viernes, 8 de octubre de 2010

Els pares: el pes d'una absència

Resum de l'article:

Los padres: el peso de una ausencia por Antonio Gallego Raus. Deseducativos, Octubre 2010

Los docentes están para enseñar, no para educar. Si los maestros y profesores deben dedicarse, principalmente, a transmitir contenidos académicos, ¿quién debe educar? ¿Es una pregunta retórica? Por desgracia, no. Hoy no. La respuesta del sentido común es clara: los padres, fundamentalmente ellos. Pero ya sabemos lo que le pasa hoy al sentido común. Bien, pues si para que los docentes puedan enseñar en condiciones, los padres deben educar bien a sus hijos y que éstos se muestren respetuosos con sus mayores y maestros (...)
Analizar los estragos que la LOGSE ha producido en las escuelas es necesario. Y examinar cómo los ideales igualitaristas han maleado la sindéresis de muchos profesores, cuestión ineludible. Sin duda, pero todos nuestros análisis quedarán incompletos mientras las prácticas educativas paternas no reciban la atención que merecen. ¿Por qué omitir el análisis del papel de los padres en el fracaso escolar? (...)
Los maestros y profesores más lúcidos señalan el comienzo del ocaso académico en la implantación de la LOGSE. ¿Por qué no hacen lo propio los padres? ¿Por qué éstos le echan la culpa a los docentes y no a la ley igualitarista? Hay varias y complejas razones que lo explican. Para empezar, esa ley la conocen y sufren los docentes, no los padres. La sufren a diario.  De ahí la necesidad imperiosa que tiene el profesorado, o parte de él, de sacudírsela de encima: la desazón que causa no le permite trabajar honrada, digna y eficazmente. Hay un antes y un después de la dichosa ley. (...)
La ley exime a muchos de tener que estar pendientes de la evolución académica del hijo, por todo aquello de la promoción automática y el abaratamiento de títulos. Es difícil que los padres puedan tener una visión nítida y objetiva de la ley en cuestión. Lo públicamente visible e inmediato es el docente, no la ley bajo la cual éste trabaja o intenta trabajar.(...)
¿Qué hay de los padres? Se percibe, diría yo, un cierto miedo o, cuanto menos, reparo en corresponsabilizar públicamente a la población de progenitores de la bancarrota académica que nos compunge. Como si se tratara casi de un tabú o una imputación políticamente muy incorrecta. (...)
Los pedagogos logsianos (y los psicólogos progresistas) son también, en gran medida, culpables de los cambios sociales que malogran la educación y la formación académica de niños y jóvenes. Es una áspera ironía que los pedagogos logsianos quieran desviar la atención hacia unos torticeros cambios sociales y familiares que ellos mismos han provocado o, cuando menos, bendecido (...).
Son los padres, principalmente, quienes deben educar a los niños. La famosa “comunidad educativa” integra, cómo no, a los maestros, y menos, mucho menos a los profesores. En general, a cualquier adulto. Pero la tarea fundamental de los docentes es enseñar. Cuando los principales educadores de esa comunidad –los padres- fallan estrepitosamente, como hoy lo están haciendo (la mayoría, no todos, evidentemente), el sistema de enseñanza se resiente terriblemente de arriba abajo. Hágase la prueba: obsérvese la distribución de aprobados y suspensos en cualquier aula. No todo alumno malo o mediocre es un maleducado; empero todos o casi todos los maleducados fracasan en los estudios. Estoy seguro de que podría establecerse una alta correlación entre el grado de mala educación (insolencia, malos modos, falta de respeto…) y fracaso académico. Mídase la educación del alumno y, de paso, se estará midiendo su rendimiento escolar (...)
Dar una mala educación (que es lo mismo que no darla: “laissez faire”) conlleva el desbaratamiento inexorable de la enseñanza. Ni siquiera el sistema de enseñanza más eficaz imaginable sacaría provecho de un chaval malcriado desde la cuna. Para colmo, la escuela de hoy, en la parcela educativa que le corresponde, maleduca. La escuela logsiana maleduca (en especial cuando el docente comulga con ella). Se suma, así, a las malas prácticas educadoras de los padres (...)
Los psicólogos progres, -señores adeptos al cientifismo, vestidos de bata blanca y con licencia para disparatar-, arrogándose conocimientos científicos que no tenían, se encargaron de dar forma a los deseos y prejuicios progresistas de la población. De cincelarlos y afianzarlos. Bajo su dirección, los señores padres aprendieron que debían ser los mejores amigos de sus hijos, sus colegas incluso. A darles un trato de igual a igual. Cuidado con negarles sus deseos, que podría traumatizarlos (tal cosa advirtió la nefastamente influyente psicoanalista Françoise Dolto). Cuidado con imponerles deberes y obligaciones, pues acabarían odiando esos deberes y a quienes los imponían. Ojo con darles un cachete o un azotazo, ojo con no contar con su opinión. Nada de reñirles y hacer que se sientan culpables (ni responsables), que eso es cosa de la moral católica y tiempos represivos… Era el turno de la idolatría de la infancia, el laissez faire y la permisividad para aulas, hogares y calles.(...)
Los padres tenían una formidable tarea por delante, de complejidad mareante: educar a sus hijos, pero ojo, (aquí viene lo nunca visto): auto-despojados de toda autoridad.  Es decir, educarlos sin poder sancionarlos ni presionarlos jamás. En realidad, el objetivo dejó de ser educarlos, sino hacerlos felices. (...)
La idea de que los niños deben comprender lo que les piden sus mayores se deriva de la lógica reluctancia del adulto a acatar órdenes que él no comprenda. Ningún adulto quiere, en efecto, obedecer ciegamente órdenes de nadie (bueno, sobre esto mucho habría que hablar). Quiere comprender las razones de tal o cual autoridad y actuar por voluntad propia. Es decir, desea que la autoridad de turno inspire respeto y no miedo o algo por el estilo. Muy bien, de acuerdo (con reparos que aquí no expondré), pero esto no es aplicable a los niños. Mucho antes de que un niño pueda llegar a entender razones éticas (o de otro tipo), deberá hacer mil cosas simple y llanamente porque así lo cree conveniente el adulto a su cargo: deberá simplemente obedecer. Ni más ni menos. ¿Cogen manía los niños al adulto si éste le obliga a hacer cosas cuya razón no entienden? No, en absoluto. A quienes cogen manía es, precisamente, a los padres débiles, tornadizos, agoniosos, volubles y evasivos que no saben imponer su voluntad (...)
Los problemas académicos no aparecen en el tramo de los catorce a los dieciséis años, sino mucho antes, en la misma Primaria. Lo que ocurre es que, a partir de los catorce, el chaval es ya por completo intratable e inmanejable.
Señores padres, queridos padres: no podemos seguir así. Olvídense de las consignas igualitaristas aventadas durante varias décadas por los falsos gurús del buen rollo. Dejen ya de ser epígonos de los santones del igualitarismo y de pedagogos de la farfolla y la quimera. Retomar la autoridad no equivale a ejercer de déspota. No tiene nada que ver lo uno con lo otro. Amor y disciplina no sólo son compatibles. Son necesarios.

Den un paso adelante. Comparezcan ante sus hijos y ejerzan de padres. Su ausencia pesa demasiado.
 Article complet aquí

No hay comentarios:

Publicar un comentario